Un Buen Talento en el Barsa

Su desembarco en la élite no pudo resultar mejor. Recordando a las primeras temporadas de David Silva o Marco Asensio, Rafinha no tardó apenas tiempo en demostrar en Vigo que hacía más y mejores cosas que el resto de sus compañeros, lo que le llevó a capitalizar el juego ofensivo de un equipo de la parte media de la tabla. Aquel era el Celta de Luis Enrique, es decir, un equipo muy dinámico y vertical con una clara vocación atacante. Y Rafinha se fundió a la perfección hasta hacerlo suyo, como ponía de manifiesto el movimiento más característico de este Celta: el constante intercambio de alturas entre el interior derecho (Augusto Fernández) y el extremo (Rafinha).
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Porque Rafinha hacía de todo. Arriba te paraba, te aguantaba, te juntaba y te descargaba con calidad. O directamente se giraba, lo que era todavía más peligroso. Sobre todo porque luego, en el pico del área, demostraba tener buen golpeo, olfato y creatividad para producir buenas cifras. Y abajo, seguramente la posición en la que iba a desarrollar su carrera, más de lo mismo: te organizaba, te dirigía y te creaba. A su fútbol no le faltaba ningún complemento.
En su vuelta a FC Barcelona se iba a topar con una exigencia que era a todas luces histórica tanto arriba como abajo, lo cual iba a poner a prueba la verdadera magnitud de su nivel, pero aunque no superara todas las pruebas sí que existía la sensación de que útil, como mínimo, iba a ser. Por la madurez de su calidad, por su obvia polivalencia y, claro, por su natural adecuación al estilo Luis Enrique. Y así lo fue en los tramos que jugó. Pero una lesión de cruzado en la 15/16 y otra aún más complicada de menisco en la 16/17, con muchos problemas musculares además entre medias, le impidieron ser más que un recurso puntual para momentos muy concretos, como cuando fue, de facto, el relevo de Messi en la banda derecha.
Llegados a este punto, es decir, tras varias lesiones graves, con 24 años y saliendo cedido al Inter de Milan, el club de la élite que peor ha cuidado cualquier tipo de talento en los últimos tiempos, cabe decir que Rafinha ahora mismo no es el dueño de su destino.
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El menor de los Alcántara va a necesitar de la suerte que no ha tenido hasta ahora para reconducir una carrera que pintaba a muy interesante. Sea como fuere, el actual Inter sí que parece un buen destino. El neroazurro, como decíamos, es un club dominado por la indecisión. Sólo dos personalidades que excedían los límites de sus funciones pudieron controlarlo. Pero lo cierto es que el proyecto de Luciano Spaletti parece gozar de la salud suficiente como para que, como mínimo, le sea útil a Rafinha. La presencia de Borja Valero, sumado al perfil de futbolistas como Matías Vecino, Gagliardini o Candreva, garantiza una idea de fútbol muy parecida a la que siente el brasileño. En ese sector derecho o incluso por dentro, Rafinha va a poder gozar de los balones, el tiempo y el espacio que necesita para volver a sentirse futbolista. Si nadie lo impide, si el fútbol le da tiempo y el Inter no se lo quita, habrá que dedicarle otro texto más grande, más completo y más bonito. Porque calidad tiene para ello